sábado 14 de noviembre de 2009

Sobre la universalidad y la sobrevivencia

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El amigo y caballero Lucas, trajo a cuento este artículo.

http://www.elmangodelhacha.com.ar/revista138/revista138nota2.htm

(sí, si quieren seguir, pasen y leanló)

Y yo dije que...

En una primera leída el artículo es certero desde lo conceptual y etimológico (y, se sabe, eso me apasiona). En cuanto al plano social/político, ya pierde algo de fuerza (sin que por ello se vuelva una argumentación débil) al apoyarse más en las primeras cuestiones planteadas que en el contexto real de debate.

Cierto, es una asignación que lejos está de ser "universal". ¿Mi opinión?. Nunca puedo ser breve en estas cosas así como no puedo festejar asistencialismo sin medidas de fondo. Odio el acostumbramiento (ya generacional) a la "limosna" (peor si es del Gobierno).

Claro que, sí festejo todo intento de mejora en la calidad de vida de los jóvenes... pero dudo que esto lo sea. Ese dinero se malogra entre pobre gente pobre (y, por supuesto, aquí el espectro es amplio), punteros nefastos, y otros siniestros personajes que, para peor, sólo suelen ser los de turno.

No ataco -como otros- la "aceptación" indirecta (o ni tanto) del "trabajo informal" (lindo término) que hace el Gobierno, ya que su existencia es tal, y en esa consideración debe empezar a trabajarse (paradojico resulta esto).

Sí golpeo duramente... la falta de trabajo sobre el trabajo...

El hijo del operario que no figura en el Anses necesita ser protegido. Ahí acierta el gobierno en no pedirle ni siquiera el número de CUIL (aunque algo, siempre debe pedir, aunque más no sea por las formas) (y está bien). Pero yerra feo en pensar que es ayudar dar dinero y no generar oportunidades de trabajo ("formal") y educación, para que el billete sea moneda de CAMBIO -en el sentido más abarcativo del término- y no cospel de subsistencia.
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El medio más seguro de impedir
las revoluciones es evitar las causas
Francis Bacon



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(y el resto ya lo diré, porque el debate debe seguir)

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viernes 6 de noviembre de 2009

Momentos emotivos con mi compañera de oficina 23

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Esta semana Yoh fue mamá otra vez...

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Yo (por mensaje de texto): "Quiero que sepas que el Consejo de Seguridad de la ONU se opone terminantemente a la reproducción de tus genes. Igual, felicitaciones"




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Y, unos días después, hablamos por teléfono...
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Yoh: Blablablabla bla bla más blablabla

Yo: Bla (soy medio corto por teléfono)

Yoh: Es hermosa, tenés que conocerla.

Yo: Como si no me alcanzara con conocerte a vos...

Yoh: En serio, estúpido. Es re linda.

Yo: Bueno, después paso así la conozco a Turbia

Yoh: ¡No se llama así!

Yo: Bueno, Oscura.

Yoh: ¡Que no se llama Oscura!

Yo: Negra... Parda.... Opaca....

Yoh: ¡Nooooooo!

Yo: Er... ¿Sucia?

Yoh: ¡MORENA! ¡MO RE NA!

Yo: Bueno, eso.

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Y sí.

Va a ser un problema: Cuando está feliz es más insoportable...

...pero lo prefiero así.

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miércoles 28 de octubre de 2009

Perdidas, pérdidas, excusas

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Desparramado sobre la barra de un bar de mala muerte (tal vez el derecho de admisión me sea esquivo) pedía otra ronda un hombre de mediana edad y mediana mala suerte. Las horas de alcohol que sobrevinieron a las de oficina dejaron en despojos de corrección a su postura y su traje. Apenas balbuceaba algunos sollozos, tantos como su limitado estado permitía interpretar.
Su ebriedad en las noches, así como su trabajo durante el día, una y otra vez desde hace tiempo eran una búsqueda de estupor que escape a la agonía de los anhelos.

Bebía, lloraba y volvía a beber, siempre a voz ahogada. Siempre con el pecho partido por ausencias que no dejaban de prolongarse...

Más allá, en la mesa más oscura del mismo bar de mala muerte (y ya estoy probando que tan bien me sienta) una mujer de mala suerte sin edades arremetía sin piedad contra el contenido de una botella de bebida blanca.

Y se mentía al hacerlo. Tanto como se miente el color blanco en los bares de mala muerte.

Las ojeras de marcado llanto gastado dejaban un tono lúgubre y cínico a su mirada recia puesta en la nada.

Bebía, lloraba y volvía a beber, siempre sin lágrimas. Siempre con el gesto agobiado por presencias inoportunas que no dejaban de sucederse...

Y así, sin mirar, en un trago acabó con la batalla dejando el envase vacío y la borrachera desde el hígado hasta las sienes.

Y así, sin mirar, su frágil psiquis se derrumbó cuando tanteó el metal en su cartera.

Y así, como si se creyera invisible -y así lo es para quién no puede verse- sacó el viejo revólver y avanzó con risa pervertida entre las mesas salpicadas de cerveza, tabaco, tequila y vomitadas.

Ciertamente era invisible. Nadie reparó en ella hasta que le voló la nuca al hombre desparramado en la barra. No hubo espacio a siquiera un latido y ella manchó el techo con su propio desparramo.


Yo, debo decir, la ignoré cuando cruzó con el arma en alto por mi lado.
Cuando escuché el primer disparo a mis espaldas no pude conmoverme demasiado.



Cuando sonó el segundo estallido, aun no sé.
Y empecé a dudar del primero.



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